
Neurociencia para habitar mejor
Seguramente alguna vez has sentido que simplemente con estar en un ambiente agradable y cómodo te cambia el estado anímico e incluso tu comportamiento.
El pasado fin de semana, se produjo un caso de vandalismo urbano que afectó un mural feminista en el paseo Clara Campoamor, en Mislata. Más allá del daño puntual, esta intervención puede leerse como una patología en la envolvente urbana: una agresión a la capa más visible de la ciudad que altera la percepción de cuidado y seguridad del lugar.
Este hecho fue el detonante para una reflexión más profunda: ¿qué nos dice la investigación sobre el impacto del deterioro físico en la vida urbana? Y, sobre todo, ¿cómo podemos prepararnos para evitar que este tipo de incidentes se repitan?
Numerosos estudios respaldan la relación entre el estado del espacio público y el comportamiento social. Aquí, un resumen de cuatro aportes clave:
Wilson & Kelling (1982) – Propusieron la teoría Broken Windows, según la cual los signos visibles de desorden (grafitis, basura, mobiliario roto) generan una espiral de deterioro social. La sensación de abandono fomenta conductas incívicas y delictivas.
Keizer, Lindenberg & Steg (2008) – Formulan la teoría Spreading of Disorder: cuando se observa la primera infracción no corregida, la probabilidad de que se repitan actos similares se multiplica por cinco.
Skogan (1990) – Mediante estudios en barrios de Chicago, demostró que la acumulación de basura, grafitis y mal estado del mobiliario se asocia con mayor percepción de inseguridad, menor confianza en las instituciones y más violencia interpersonal.
Jane Jacobs (1961) – Destacó la importancia de que los espacios públicos estén “vigilados” por la comunidad. La falta de respuesta ante el deterioro erosiona la cohesión social y el orgullo de pertenencia.
Conclusión técnica: La envolvente urbana actúa como interfaz psicosocial.
Deterioro visible = menor uso del espacio + pérdida de confianza colectiva
Cuando un acto vandálico aparece de golpe en el espacio público, como una agresión visible. La comunidad lo siente como un desajuste, algo que altera el equilibrio cotidiano. Si no se actúa, esa herida puede ir a más. Por eso creo que es importante responder pronto, de forma coordinada y, si es posible, participativa. Lo que comparto a continuación no es una fórmula cerrada, sino una guía flexible o protocolo que se puede adaptar según la gravedad del daño:
1. Diagnóstico inmediato (≤ 12 h): Documentar con fotografías geolocalizadas y sello de fecha. Clasificar el tipo de daño (estético, simbólico, estructural) para priorizar la intervención.
2. Sellado temporal (≤ 48 h): Limpiar o cubrir provisoriamente la superficie afectada. Instalar una señal discreta que anuncie la reparación inminente para mantener una expectativa positiva.
3. Restitución participada (días 2–15): Organizar un proceso de co-diseño con colectivos locales. El nuevo mural o intervención no debe ser un simple parche, sino una capa de memoria enriquecida. Incorporar, si es posible, un elemento que subraye la importancia del lugar (iluminación, mobiliario, vegetación).
4. Activación programática (primer trimestre): Planificar actividades como talleres o mercados vecinales. Registrar indicadores básicos: número de eventos, participación, duración del uso del espacio e incidencias.
5. Revisión semestral del entorno: Como práctica de mantenimiento preventivo, revisar fachadas, pavimentos y mobiliario urbano cada seis meses, ajustando según el aprendizaje generado.
Nota complementaria: El modelo SARA (Scan, Analyze, Respond, Assess), desarrollado inicialmente en el ámbito policial, puede ser adaptado como herramienta estratégica en la gestión urbana.
Hay casos en los que, más allá de una solución rápida, el lugar pide algo más profundo. A veces, el daño necesita una respuesta desde el diseño. Porque diseñar no es solo reparar: también es una oportunidad para transformar. Estas son algunas ideas que suelo tener presentes:
1. Diseñar con memoria. En lugar de borrar o tapar sin más, se puede generar una capa gráfica que dialogue con la anterior, dejar una huella intencionada del daño o instalar una placa conmemorativa que visibilice la respuesta colectiva.
2. Diseñar para el arraigo. Añadir bancos, vegetación, buena iluminación… cosas que inviten a quedarse. Estos elementos refuerzan la apropiación simbólica y el uso cotidiano.
3. Diseñar con y para la comunidad. Involucrar a artistas, escolares o vecinos en el proceso creativo. Elegir juntos colores, frases, materiales. Cuando el proceso es compartido, el resultado tiene otra carga emocional, otra fuerza.
4. Diseñar la vigilancia natural. Potenciar la visibilidad desde viviendas o equipamientos cercanos. Usar materiales nobles y señales que comuniquen cuidado constante.
Cuando una intervención nace del cruce entre la memoria, el uso activo y la participación real, lo que se repara no es solo la superficie: se reconstruye el vínculo emocional con el lugar.
El episodio del mural de Mislata no es solo un acto de vandalismo: es una llamada de atención sobre la vulnerabilidad del espacio público. Las investigaciones lo confirman: cuando los entornos se deterioran, la confianza colectiva se resiente, aumenta la ansiedad y se debilita la vida comunitaria.
Pero también sabemos cómo actuar. La intervención rápida, simbólica y colaborativa tiene un alto poder reparador. No se trata solo de limpiar una pared, sino de comunicar algo esencial: este lugar importa, y lo cuidamos entre todos.
Como proyectistas y ciudadanos, estamos llamadas a anticipar, activar y acompañar. Porque el cuidado físico del espacio urbano no es un detalle estético: es una estrategia profunda para fortalecer el tejido social y emocional de nuestras ciudades.
“La ciudad es una obra de arte colectiva, no solo una colección de edificios y calles. Es una expresión de la vida social y cultural de su pueblo.”
Lewis Mumford
WILSON, J. Q., & KELLING, G. L. (1982). “Broken Windows: The police and neighbourhood safety”. The Atlantic Monthly, 249(3), 29–38.
[2] KEIZER, K., LINDENBERG, S., & STEG, L. (2008). “The spreading of disorder”. Science, 322(5908), 1681–1685.
[3] SKOGAN, W. G. (1990). Disorder and Decline: Crime and the Spiral of Decay in American Neighborhoods. University of California Press.
[4] JACOBS, J. (1961). The Death and Life of Great American Cities. Random House.
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